Creo haber escuchado alguna vez una lacónica sentencia que rezaba, palabras más, palabras menos: “los creadores hábiles transforman la obsesión en estilo”. Hay una remota posibilidad de que lo haya inventado, aunque es difícil: no creo ser tan ocurrente.

Tal vez un poco exagerada, es cierto, pero difícil sería no estar de acuerdo. En la flexibilidad de lo que entendemos por estilo radicará la potencia y fructuosidad de la aseveración.

Así, el estilo de un creador puede encontrarse en la formalidad, el modo en que se acerca a la construcción de las ficciones que acomete (literatura, música o cine, de lo cual se ocupa esta nota) como también puede hallarse en los temas, en los centros semánticos (de significado, de lo que se pretende decir) que pueblan su obra, incluso en aquellas piezas que no parecerían poder contenerlos.

Por lo general, el estilo más acabado tiende a ser una sumatoria de ambos aspectos: el cómo filmamos (o escribimos, o componemos) y el qué filmamos van de la mano para componer aquello que puede entenderse también como la marca de autor o, más específicamente, su identidad.

¿Qué pasa cuando el estilo no sólo es elección, sino también una herencia? Las herencias, lo sabemos, se eligen. ¿Qué ocurre cuando el vástago de un creador decide seguir los pasos de su progenitor, buscando transitar las mismas aguas? Esa guía podría conducirnos a través de las obras de los Sofia y Roman Coppola, Jason Reitman, Jonas Cuaron y quien nos ocupa en esta humilde nota: Brandon Cronenberg.

¿Será la obra del Cronenmberg chico una continuación estilística y tal vez degradada, de la de su padre o encontrará en sus filmes el espacio para ser original y estampar su propia firma?

Hijo del siempre interesante (a veces muy a su pesar) director canadiense David Cronenberg, Brandon tuvo su muy aplaudido debut cinematográfico en el 2012 con AntiViral.

Sin entrar en el terreno del spoiler inútil, la sinopsis de la película es de una simpleza pasmosa: en un futuro cercano (muy cercano), en el que la llamada “cultura de la celebridad” ha llegado a su estadio máximo, a un summum casi impensable, la gente puede ir a unas clínicas muy boutique a hacerse infectar con las enfermedades que han aquejado a su ídolo/a de turno.

Es decir, por un modesto desembolso podemos sentir en carne propia (ya volveremos sobre esto) los efectos del HPV, herpes, virus estomacal o todo tipo de gripe (el 2012 quedó viejo más rápido de lo que esperábamos) que afecten a nuestra celebridad favorita y “conectar” con ella a un nivel biológico.

Bien podríamos afirmar que, a nivel argumental, este film seguiría la genealogía planteada por el mismo David (reparamos en la palabra “carne”, ¿verdad?). Intentemos separar la paja del trigo.

En primer lugar, este metraje no tiene empacho en utilizar (y podríamos decir: re-utilizar, en el sentido de despojo o degradación del material) la idea ya planteada por David (y las películas del movimiento conocido como “la nueva carne”) de que en sus narrativas deberíamos de ver al cuerpo, a la carne, como recipiente de significado.

Mejor dicho, deberíamos reflexionar en la carne como el marco, el tamiz,  la perspectiva de lectura a través de la cual encontramos, o exploramos, o experimentamos el significado. En otras palabras, todo pasa por nuestro cuerpo y nuestra carne, que está en decaimiento.

A partir de allí, el buen David abre una plétora de temas, a saber: los extremos y peligros de la biología y su experimentación (The Fly, Scanners), el cuerpo como camino al placer a la vez inescapable e insuficiente (Slither, Crash) y, tal vez, el que más nos interese aquí, aquel que percibe a la carne como receptáculo imperfecto de alguna forma del alma humana (o un alma en dos cuerpos, como se propone la película Dead Ringers con un multiplicado Jeremy Irons).

Será en esta lectura de filiación casi teológica donde encontraremos la conexión (y, a la vez, innovación), pues Brandon verá y propondrá al cuerpo como modo de acceder a la divinidad.

Y aquí es donde podemos comenzar a hablar específicamente de AntiViral pues, donde papá Cronenberg parece tener una predilección por las formas de la tecnología en evolución que nos rodea en todo momento, este metraje parece tomar un camino más “espiritual”. Así, si bien existen máquinas en esta fábula (máquinas que empacan, manipulan y finalmente patentan una enfermedad) las reflexiones de la película parecen moverse en una dirección que podríamos calificar de teológica o religiosa.

Lo que nos lleva a una primera interrogación: ¿mediante qué cuerpos aspiramos a conectar con lo divino?

En el mundo de AntiViral las celebridades están representadas a escala divina; por supuesto no en lo que pueden hacer o en su genealogía (nada de semi-dioses por aquí) sino desde la perspectiva de su ubicuidad y la multiplicidad de sentidos que conjuramos en su propia existencia. Aquello que percibimos en su ser biológico.

Como síntoma de una Gestalt que necesita algo de donde aferrarse para encontrar el sentido, en la película (por ahora, solo en la película…) la presencia semántica se pluraliza en ese cuerpo que sale en las noticias, en la PC, en el feed de nuestra “red social” preferida y que es, a la vez, lo que anhelamos, lo que nos falta y aquello a lo que tal vez podremos aspirar.

Ese cuerpo célebre es, o mejor dicho, se construye, como repositorio de varios sentidos… un hueco que llenamos a gusto y piacere. Alguna vez pusimos a la humanidad como todo en ese lugar, otra, a Dios; ahora es el turno de una amalgama pervertida entre ambos.

Y ahora sí, volviendo a la película, será lógico que el modo en el cual nuestro protagonista “vende” la enfermedad a los clientes tiene, con su repetición, con su cadencia, con los momentos las pausas y el objetivo final (compartir, conectar, vincularse) puntos en común con algunas de las formas verbales de la liturgia (un salmo, un rezo, un cántico ritual), sobre todo, aquellas de cariz occidental.

Lo que nos lleva a una segunda reflexión que posee como núcleo, también la conexión con la teología y sus representaciones y que, en este caso, tiene que ver con la ceremonia (o el ritual, si algún ateo está leyendo esta nota en particular) y cómo, en este film, la comunión, el rito (que también es receptáculo de significado) se encuentra lógicamente pervertido, descentrado por los modos formales y por el tema en cuestión.

Así como muy evidentemente había hecho su padre en Crash (con la representación ceremonial de los antiguos accidentes que se llevaron la vida de… sí, acertaron, numerosas celebridades), el Cronenberg joven propone que, en este mundo sediento de vínculo, toda forma del mismo será un reverso oscuro y degradado de las formas mayormente religiosas que conocemos y, como esta divinidad es construida, (y, por así decirlo, “de segunda mano”) los modos de acceder a aquellos también son espejos deformados de ritos y ceremonias ya conocidos.

La comunión será a través de una falla en ese cuerpo divino (o divinizado mediáticamente) pues es a través del “hueco” que permite el virus (recordemos: para que un virus funcione debe de sobrepasar nuestras defensas… sepan leer la metáfora) que se permite, a su vez, nuestra “entrada”, nuestra conexión con la estrella. Dicho de otro modo, es una falla, una grieta en el sistema biológico de esa divinidad manufacturada la que posibilita el tan deseado vínculo. 

Más aún: siguiendo con la idea de la degradación, el cuerpo se ha transformando en mercancía (bueno, Dios también, pero esa es una discusión para unos centenios, si les sobran) no solo patogénicamente sino que, en una no-metáfora mucho más burda, en este mundo existen “carnicerías de famosos” donde por unos cuantos morlacos uno puede comprar medio kilo de milanesa de Kardashian (o cualquier sea la celebridad de turno por estos tiempos… ¿Fede Bal?) para agasajarse. Así, en lugar de la metafórica hostia de la liturgia cristiana, aquí nos podemos comer la carne clonada de nuestros nuevos dioses con un buen vino… o algo que se le parezca.

Para resumir un poco este pantallazo temático del film de Cronenberg hijo: en AntiViral nuestro acercamiento a la divinidad se da a partir de las secreciones del cuerpo, de su decaimiento a manos de un virus o de versiones degradadas (lastimadas, heridas, cercenadas) de las representaciones de esa carne tan anhelada (sí, me pagan cada vez que escribo carne en este artículo).

En relación al terreno formal de la cinta (en el cual, a mi entender, podemos hallar la mayor diferencia entre ambos Cronenberg), cabría señalar dos dimensiones. La primera tiene que ver con el modo en que Brandon utiliza la cámara, ponderando los planos simétricos y una elección de colores pensada específicamente para generar contraste entre la rueda temática y la representación de la misma. Así, con ambientes que navegan entre el blanco y el negro (resaltados por una estética Art Noveau minimalista en la construcción de la mayoría de los sets), las explosiones de color (generalmente el rojo… obvio) y los cambios de ambientación (por otros más sórdidos y oscuros) sirven para reforzar la idea de que este mundo que parece sobrio y controlado casi al punto de lo inhumano, esconde una enfermedad purulenta por debajo… En esa misma línea, la segunda dimensión se refiere a la muy evidente unión entre uno de los aspectos temáticos mencionados más arriba y un aspecto eminentemente formal, pues visualmente encontramos una glamourización (divinización, quisiéramos decir aquí) del cuerpo enfermo, una suerte de intuición “aurática” muy efectiva en el modo de enfoque y de presentación. En criollo: sabemos que las celebridades no son dioses, pero hay algo en las escenas en que se los muestra que recuerda a la pátina de una pintura religiosa… una rendición renacentista del suplicio en los tiempos de la cultura Instagram.

Es en estas reversiones (o revisiones) formales llevadas adelante por Brandon Cronenberg que encontraremos las marcas de personalidad, de forma autoral, de estilo propio; su “firma” que, combinada con una lectura novedosa de la obsesión heredada nos lleva a considerar a una nueva e interesante voz, en un paisaje cinematográfico cada vez más árido.

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