Las áreas urbanas son el resultado de un proceso histórico de producción social del espacio que se ha transformado y adaptado en función del contexto dominante. Desde sus primeras manifestaciones preindustriales hasta su explosión definitiva a partir del siglo XIX, el crecimiento de los espacios urbanos se convirtió en un indicador en continuo ascenso a nivel global.

En esta misma línea, a partir de las Revoluciones Industriales –con mayor énfasis en la segunda-, este proceso de expansión de las áreas urbanas estuvo vinculado inseparablemente a la idea del progreso, marcando un quiebre y una dualidad epistemológica y geográfica entre “lo urbano” y “lo rural” cuya vigencia es apreciable hasta nuestros días.

Sin embargo, el devenir de “lo urbano”, el desarrollo de las ciudades –que muchas veces nos es presentado como algo naturalizado, fetichizado- no ha estado exento de vaivenes, cuestionamientos y críticas tanto en lo que respecta a su organización territorial como en lo que al bienestar de sus habitantes. La inevitable inserción del factor económico y la llegada de los enfoques críticos a partir de la década de los 70´s, situación coyuntural que había dejado en claro que tras la llegada del neoliberalismo ni la gloria ni la opulencia de las economías y las sociedades podían expandirse sin generar desigualdades, puso sobre la mesa la urgente necesidad de comenzar a repensar y redefinir los espacios urbanos.

Un problema aún más complejo

Hace casi ya cincuenta años, en 1974 para ser específico, Manuel Castells publicaba su libro titulado “La Cuestión Urbana”, en el que ponía de manifiesto todas las contradicciones y las pujas de poder y política que se distribuían dentro de los espacios urbanos. Para el autor, en estos espacios se desarrollaba una dinámica particular, propia de lo urbano, que involucraba entre otras cuestiones a la idea de comunidad y a la posibilidad de conflicto, ordenadas -claro está- por una estructura de clases que opera como motor principal de la producción y reproducción de esta conflictividad dentro de un contexto político y económico signado por una creciente centrifugación de la masa trabajadora, en beneficio de unos actores ahora transnacionales que incrementaban exponencialmente su capital.

En el lapso que nos trae hasta la actualidad, esta cuestión urbana se ha ido profundizando gracias al desembarco de otras dinámicas de tipo económico, vinculadas tradicionalmente a las lógicas productivas de la agricultura, la ganadería, la minería y la explotación hidrocarburífera. De esta manera, el culto al consumo que el capitalismo neoliberal promueve no solo aceleró la extracción de materias primas para satisfacer las necesidades globales, sino que también generó el desarrollo de otro extractivismo, de tipo urbano, para el cual no hay ningún tipo de regulación ni control estatal.

Ese extractivismo urbano (del cual les dejo un texto aquí), trajo consigo una modificación sustancial del perfil de las grandes ciudades: la explosión de la construcción vertical, la gentrificación, la renovación urbana y la marketinización se convirtieron en procesos que simultáneamente se desplegaron sobre los espacios urbanos con un único objetivo, que es el de maximizar las ganancias sobre un espacio que hacía tiempo ya había llegado al límite de sus posibilidades.

Ciudad, ¿para quiénes?

El reciente proyecto del gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, que implica la rezonificación de los predios de Costa Salguero y Punta Carrasco para habilitar la construcción de torres sobre la costanera norte del Río de la Plata desató una discusión que puso en evidencia una cuestión que lleva tiempo escondiéndose detrás de frágiles maquillajes: ¿para quiénes está pensada la ciudad?

Solapada con la inexperiencia del contexto pandémico en materia de políticas, la promoción de este proyecto deja en claro que si existe una planificación en la ciudad (y esto no es patrimonio exclusivo de Buenos Aires sino de todas las grandes urbes), la única posible dentro de los espacios urbanos está destinada a los beneficios económicos de los grandes actores del mercado inmobiliario. En el camino queda el problema de regular el acceso a la vivienda –hoy imposible- los alquileres, la accesibilidad a los servicios básicos como el agua potable –que se volvió notorio, urgente pero irresoluto al inicio de la cuarentena en las áreas más pobres de la ciudad-, la apropiación de los espacios públicos por parte de los locales y franquicias, la educación, la salud pública, la contaminación y muchos otros más. En el marco de esta nueva cuestión social, la cuestión urbana deja en claro que al momento de pensar alternativas hace falta incluir al espacio como objeto de análisis y planificación, como soporte vital y como garantía para que las áreas urbanas no terminen siendo un reducto inviable de contaminación y hacinamiento tal como Engels –les dejo el texto aquí– supo reflejar en aquella temprana Manchester industrial de 1845.

Medio siglo después, los problemas que David Harvey, Henri Lefebvre o Manuel Castells -solo por mencionar algunos- evidenciaron no sólo no desaparecieron, sino que con la profundización de los mecanismos del capitalismo neoliberal globalizado se agudizaron, generando brechas socioeconómicas y territoriales irreparables, las cuales estallaron con la llegada de la pandemia y hasta el momento no han presentado alternativa o solución en el horizonte próximo. Esta Cuestión Urbana, devenida en cuestión socioespacial es hoy una urgencia que debe ser trabajada y que excede un simple análisis económico.

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