En los últimos días de diciembre de 2020 se cumplieron diez años del hecho que marcó el comienzo de lo que semanas después comenzaría a conocerse –entre otras denominaciones- como la “Primavera Árabe”. Cuando el joven tunecino Mohamed Bouazizi se inmoló frente al Palacio de Gobierno, el 17 de diciembre de 2010, desató mucho más que una protesta contra la corrupción gubernamental. 

Tras su muerte, el 4 de enero de 2011, las movilizaciones sociales en Túnez generaron que en menos de dos semanas su presidente, Zine el Abidine Ben Alí, dimitiera y se exiliara, terminando con un gobierno que llevaba ya más de veinte años. Pero esto no terminó allí: a lo largo del SOANA, acrónimo utilizado para abordar el Sudoeste Asiático y el Norte de África –vulgar y equívocamente denominado como África Árabe y Medio Oriente-, las manifestaciones y protestas se desplegaron, poniendo en evidencia que la situación en Túnez no era la excepción, sino más bien la regla. 

En Egipto las protestas terminaron también con el gobierno de Mubarak, y en Libia Gadafi fue asesinado tras varios meses de combates. En Siria la guerra civil aún persiste. Pero en el resto del SOANA, los vientos de cambio que esta primavera había levantado rápidamente se apagaron. Diez años después, las problemáticas que aquejaban a las sociedades del bloque regional subsisten, incluso con mayor intensidad. Veamos algunas.

Dependencia política y económica

Entre la Conferencia de Berlín (1884-1885) y el Acuerdo de Sykes-Picot (1916) se definieron para esta región mucho más que sus límites políticos: también se establecieron sus roles dentro del sistema internacional, orientando sus modelos productivos hacia un extractivismo proveedor de las materias primas –principalmente hidrocarburos- que sus colonizadores requerían.

Medio siglo después, los procesos independentistas vieron nacer a unos flamantes estados africanos y asiáticos que traían consigo promesas de igualdad y desarrollo al tiempo que trataban de diferenciarse de los dos grandes bloques en los cuales el mundo había quedado dividido tras la Segunda Guerra Mundial. La Conferencia de Bandung de 1955 fue una clara declaración de intenciones.

Sin embargo, las independencias pasaron a ser en poco tiempo una mera formalidad diplomática, puesto que la continuidad de los acuerdos económicos, las alianzas estratégicas y los conflictos intraestatales configuraron una situación en la que el vínculo pesaba más que la ideología. La llegada de la Primavera Árabe –poco tiempo después de la crisis capitalista del 2008- puso de manifiesto que la participación de las potencias extranjeras en los asuntos de Estado de los países del SOANA era más una necesidad que un inconveniente; y que la financiación a través del endeudamiento a cambio de la imposición de condiciones había desmantelado de forma irremediable los ya frágiles aparatos estatales.

Gobiernos prebendarios y cleptócratas

Los gobiernos que habían propuesto formas alternativas de desarrollo encarnadas por el panarabismo, el socialismo y la reivindicación de las identidades nacionales –cuyo mejor ejemplo fue Gamal Abdel Nasser en Egipto- fueron con el tiempo mutando en su accionar.

El establecimiento paulatino de gobiernos dictatoriales en la región –apoyados, claro está, por las potencias extranjeras- selló el destino de gran parte de los Estados del SOANA: gobiernos nepotistas, caracterizados por ser unipartidistas, prebendarios y cleptócratas, terminaron por configurar Estados bifurcados, con un desarrollo dual en el cual las elites gobernantes acaparaban tanto las ganancias de la producción económica como las coimas y sobornos que los actores transnacionales pagaban para tener exclusividad en determinadas áreas y explotaciones; mientras que el grueso de la población subsistía con poco más que lo estrictamente necesario, sin margen de movilidad social. Estos estados, vampirizados al máximo de las posibilidades, poco tenían para generar aquellas alternativas de desarrollo ideadas por los participantes de Bandung.

Sociedades postergadas

A la segregación espacial generada por este desarrollo dual la acompaña otro fenómeno: la polarización social construida a través de este modelo estatal de exclusión. Para una región cuyo crecimiento poblacional hace que la mayor parte de sus habitantes sean jóvenes, la continua postergación de un gran porcentaje de su sociedad es una problemática compleja, que con la crisis institucional generada a partir de las movilizaciones populares en 2011 tuvo como agregado dos efectos secundarios: el resurgimiento de los fundamentalismos religiosos y el agravamiento del fenómeno migratorio. 

Sin posibilidades reales, pobreza y marginalidad son características indivisibles para el grueso de las sociedades del SOANA, algo que refleja una situación que cada día se hace más tangible en el resto del mundo: la creciente concentración de capitales en pocas manos, y la consecuente “centrifugación” de personas hacia una exclusión del mercado laboral –formal e informal- y del entramado social mismo sin reinserción en el horizonte. 

Diez años después

Tras la esperanza que desató la primavera, sobre la región se extendió un frío invierno de resignación. Una década después de iniciados los levantamientos populares, la situación general de la región poco ha cambiado: algunos nombres en los principales cargos, una o dos instancias de elecciones “democráticas” y después, el mismo panorama de siempre.

Alain Badiou hablaba –poco después de los atentados en Francia en 2015- de las nuevas prácticas imperialistas: formas novedosas de asegurar la explotación de recursos naturales sin tener que tutelar ni negociar con estados, sino a través del establecimiento de zonas de saqueo no estatizadas: un proceso que iniciaba con la desestabilización de los países a través de métodos directos e indirectos –desde el endeudamiento hasta la financiación de guerrillas- y que finalizaba con el desmantelamiento de los aparatos estatales, quedando el territorio fragmentado en múltiples y pequeñas unidades territoriales controladas por facciones, algo muy similar a lo ocurrido con Irak y, desde el surgimiento de la Primavera Árabe, con Libia. 

Sobre la inexistencia del estado, la facilidad para la obtención de recursos estaba asegurada. Quizás una década sea escasa para obtener conclusiones. Aun así, es necesario contemplar la posibilidad de entender los levantamientos de 2010 como una movilización de cambio genuina que fue sutilmente aprovechada para resignificar y profundizar las dinámicas colonialistas.

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