Pocos directores tienen sus obsesiones tan a flor de piel como Christopher Nolan.

Ya desde su film presentación —que no el primero—, Memento, seguido por la remake de la película Insomnia, y apoyado por la taquillera tríada que significó The Prestige, Inception e Interstellar, Nolan se caracteriza por poner en jaque las estructuras narratológicas básicas, los puntos de apoyo ya pautados y la pretendida linealidad que cimienta nuestra experiencia a través de un trabajo de deconstrucción de las coordenadas del espacio y, fundamentalmente, el tiempo.

Por supuesto, no se trata del único director con un interés particular por la estructuración de los devenires transitorios del relato. Ahí está Tarantino y sus pletóricos flashbacks. También Woody Allen, quien le debe mucho crédito de la seminal Annie Hall al editor de la misma, quien aseveraba que no había mucha historia allí, pero que “barajando el mazo” podía darse una alquimia única. En las manos de Nolan, sin embargo, el tiempo deja de ser una herramienta para generar interés, sorpresa o misterio —como es habitual—, para recuperar una suerte de subjetividad propia de la experiencia humana —no percibimos el tiempo linealmente, lo sabemos, solo lo ordenamos así para hacerlo inteligible— y transformarse en un artefacto maleable y cambiante a partir de los filtros de la experiencia, la memoria o el deseo.

Por eso TeNeT parecía la película ideal para poner toda la carne al asador y demostrar sus habilidades. Con un plot a medio camino entre la sci-fi y el relato de espías —que ya había transitado con mucho éxito en Inception—, la idea del ataque de un futuro en ruinas sobre un pasado que es el responsable del mismo —cataclismo mediante a piacere— a través de la “inversión” de la temporalidad subjetiva, tanto de objetos como de personas —¡que las cosas van pa’trás, hombre!—, TeNeT era fértil no solo para explorar la formalidad de la dirección del buen Chris, sino también para promover la reflexión en torno a esos temas.

Sin embargo, falla… y, creo yo, acá está lo interesante de este artículo, la falla no está donde la mayoría cree encontrarla, sino en el corazón emocional de la obra.

Para que se entienda, se ha planteado a Nolan como un director frío, tal vez demasiado enamorado del artificio a la hora de contar una historia. Sin embargo, nuestra clave de lectura es que la pericia, la forma de estructurar sus historias a través de la no-linealidad, los saltos entre temporalidades y la disrupción del devenir, por así decirlo, son un síntoma, una demostración extrema y metafórica de un proceso muy humano, a saber: la pérdida.

La pérdida de nuestro centro emocional destruye nuestra capacidad de ordenar la narrativa de nuestra vida, ya sea en uno u otro aspecto, transformando nuestra experiencia en caos. Para Nolan, la pérdida “hecha carne” en las personas que nos rodean, en las personas que amamos, es el motor de la disgregación de los pilares que sostienen nuestros procesos cognitivos en la concatenación de eventos que configuran nuestra narrativa personal; o, más exactamente, la narrativa personal de todos sus personajes.

Sin mencionar la tríada obvia de la que hablé más arriba, incluso películas que no le pertenecen íntegramente como la ya indicada Insomnia o las de la franquicia de Batman —sobre todo la primera— poseen flashbacks que se relacionan con una pérdida que “marca” a los personajes y “descalabra” su mundo. Para Nolan, sin la persona querida, todo lo que queda es un caos de memorias, recuerdos y sueños que, según Borges, son mitad recuerdo y mitad olvido; un rompecabezas que tenemos que armar.

Esto tiene una doble función a la hora de entender el relato. En primer lugar, la pérdida es una emoción fácilmente identificable —todos hemos perdido a alguien— que hace que, aún presentada con trazos gruesos —las esposas e hijos que se pierden en las narrativas de Nolan son poco más que arquetipos funcionales— de algún modo entendamos y apoyemos a los personajes. En segundo lugar, nos hace creer que existe un pasado más allá de los bordes de la película: estos personajes han vivido, han tenido relaciones profundas y, sobre todo, han errado, haciendo que podamos sentir, sopesar y entender su “gravitas”, su peso en cada uno de los flashbacks. En cada uno de los recuerdos que vemos, intuimos la presencia de muchos más…

Lo que nos lleva de nuevo a TeNeT, donde no tenemos una pérdida que impulse a nuestros personajes a la acción —aunque eso no significa que no haya motivaciones— y la construcción de las relaciones que podrían acercarnos a este proceso de identificación queda a mitad de camino. Es decir, que aquello que podría hacer las veces de núcleo “sentimental” está debilitado por varias razones y, en primer lugar, como ya hemos dicho, por la falta de pasado.

Relacionado con lo anterior y bloqueando esta posible «herida», del cuarteto de personajes que protagonizan la obra, solo uno de ellos —Sator, el villano— tiene una interesante historia previa a la cual se referencia semi-pormenorizadamente en la propia película; para todos los demás, y sobre todo para «El Protagonista», la historia comienza con los primeros compases de la cinta y sabremos solo lo que ha de ocurrir de allí en adelante.

Esto, que de algún modo no es casual, sino parte del diseño narrativo que sostiene el film, lamentablemente atenta contra la identificación con nuestro protagonista, debilitando sus posibilidades. Sí, nuestro personaje quiere salvar al mundo; sin embargo, sin un pasado que lo sostenga, sin una razón anclada en su propia historia, todo queda hueco de potencia emocional.

Lo que nos lleva, a mi modo de ver, al segundo de los errores de la película, inscripto en la decisión de dividir lo que podría ser el núcleo emotivo del film en dos historias paralelas —que habrán de cruzarse.

Fiel a su estilo de basarse en tropos y arquetipos familiares a la hora de construir los relatos, las relaciones entre los personajes de TeNeT están fundadas alrededor de dos moldes narratológicos fácilmente reconocibles, en los que no termina de encajar: por un lado, el de la “Buddy Movie” —que va desde Arma Mortal, hasta casi toda la filmografía de Shane Black— y, por el otro, el del interés romántico que es a la vez “activo” y complicación —muy a lo James Bond… una vez más, volviendo sobre caminos ya transitados. En el caso de la “Buddy Movie”, cifrada en la relación del protagonista con Neil (un muy solvente Robert Pattinson), la falta de momentos clave donde hablen de sí mismos, de su historia, sus traumas, deseos o motivaciones, de, una vez más, su pasado —muy necesaria característica de ese tipo de narrativa— en favor de largas escenas donde solo unos detalles salen a la luz, tal vez perdidos entre tanta exposición —uno de los puntos débiles de Nolan… ahora y siempre—, son insuficientes como para que nos creamos, para que “compremos” la peculiar amistad que estos dos personajes están destinados a construir. Un guionista más ducho en exposición y desarrollo se las arreglaría para que ambos estén entrelazados —recordemos al Hans Landa de Tarantino y la primera escena en la cabaña de los La Pedite—, pero Nolan necesita tiempo y enfoque para que esto funcione.

La segunda, más cara al corazón y las sensibilidades de Nolan, tiene que ver con una suerte de triángulo, al que llamarlo amoroso sería excesivo, según creo, que se estructura entre “El Protagonista”, el villano y su esposa —lindo trabajo de Elizabeth Debicki— que, como ya dijimos, toma como base el clásico nudo de las películas de Bond, en que el héroe debe seducir a la compañera del villano para ganar algún tipo de ventaja. Aquí, el cimiento de esa relación no es romántico, sino que se construye en razón de la compasión que “El Protagonista” desarrolla por esta mujer y la búsqueda de alejar a su hijo de la influencia de su malvado padre.

Nobleza obliga, es admirable que Nolan no haya optado por el facilismo de presentarnos este subplot romántico tan remanido; sin embargo, una vez más, que el protagonista sea un espectador o, en el mejor de los casos, un facilitador de los objetivos de la madre, hace que vea un poco esta relación “desde afuera” y la buscada conexión resulte descentrada. Una vez más, si Nolan hubiera decidido manejar este argumento de modo romántico hubiera sido cliché, pero también más identificable desde el punto de vista de la audiencia.

Habiendo dicho eso, se hace obvio que al acometer ambas relaciones desde cero y estar cruzadas por las —hay que decirlo— francamente espectaculares escenas de acción, las pretendidas conexiones están apresuradas, sean incompletas o no toquen al protagonista directamente. ¿Dónde está la apuesta personal? ¿Qué pone en juego como individuo? Hay, sin embargo, una oportunidad perdida de generar esta conexión entre personaje y pasado en la historia de Sator —uno de los pocos flashbacks de la película— que, de haberse aprovechado, haría que la película deviniera una suerte de loop infinito… pero no se dió.

Así, sin “apuestas” más humanas, los lazos emotivos que cruzan al protagonista resultan un tanto evanescentes, pues en lugar de espejar y entrelazar las grandes problemáticas —salvar al mundo— con dilemas más personales —venganza, expiación, cierre—, como Nolan ha hecho con otras películas de su filmografía —sobre todo Inception y, paroxísticamente, Interstellar, en TeNeT se contenta con la amenaza a gran escala como único fin del camino.

Lo que nos lleva a la tercera falla de la película: sin el núcleo emocional que lo contenga, el “high concept” se transforma en puro formalismo… y en un problema. 

Por más impresionantes que sean los efectos de la “inversión” temporal y las escenas que los contienen, sin el ancla emocional, sin buenas relaciones entre buenos personajes, el “high concept” se transforma en pura pericia técnica, pura mojada de oreja que aliena a las grandes audiencias —y no nos engañemos: Nolan es un hacedor de blockbusters, no es David Lynch ni Wes Anderson. Cuando aparece esta “falla”, cuando el núcleo es “tambaleante”, la audiencia se enfoca en otro aspectos del metraje y el mismísimo “high concept” se presenta a un mayor escrutinio por parte del espectador. La duda ante las mecánicas que sostienen ese mundo ficticio —inexplicables, seamos sinceros— nos hace reparar en las explicaciones más de lo que a la película le convendría.

Hablando en criollo: si en el cine estamos más ocupados pensando en cómo funciona un elemento de la historia en lugar de preocuparnos por las peripecias de los personajes… tal vez no todo esté funcionando bien.
Que se entienda: a pesar de estas “fallas”, TeNeT es un espectáculo digno de verse y de un disfrute más que pasajero… es, de alguna manera, el mejor tipo de fallo, el que ocurre cuando la ambición sobrepasa algunas capacidades… Como ya dijo alguien —vaya uno a saber quién—: si vas a fallar, por lo menos que sea en grande.

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